En ese lugar tuvimos la hermosa suerte de conocer unas personas maravillosas, llenas de vida y de magia, cada una de esas personas me enseño algo. Entender a un chico de mi edad o un poquito menos sordo-mudo, aprender de sus manualidades y de las de su hermanito, esa alegría a flor de piel que transmitían a pesar de los dolores de la vida. Además de ellos, conocimos a una pareja con su gordito hermosos! Unas personas que nos transmitieron paz y mas ganas de viajar y conocer y volver a Capilla.
Pero no solo fueron las personas que hicieron que me enamore de ese lugar. Fue también la presencia de dos angelitos que hicieron de mis días uno mejor que el otro. Chancho uno y chancho negro. Ellos fueron nuestros guías en cada aventura y cada caminata al aire libre, bajo el sol a las dos de la tarde. Ellos estuvieron ahí, metiéndose en cada charco de agua para refrescarse pero siguiendo nuestro paso. Nos hicieron gritarle a otros perros para que no los ataquen, pelearnos con personas, y hasta rechazar volver en auto solo para traerlos a ellos. Eran dos animales que apenas nos escuchaban en la mañana dentro de la carpa, asomaban la trompa en la carpa y automáticamente se metían moviendo la cola y dándonos besos. El Chancho Negro me abría la puerta del baño cada vez que yo desaparecía y se daba cuenta que estaba ahí. Fueron ellos quienes hicieron que me enamorara cada día mas de ese lugar. Y fue por ellos que salí llorando de esa terminal, pero con la ilusión de que el verano que viene, o antes si es posible, van a estar ahí, con su alegría y sus besos.
Donde quieran que estén, espero que sigan moviendo sus hermosas colas!
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